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Declaración sobre la decisión del Presidente Donald J. Trump de ponerle fin al Programa de Acción Diferida para los Llegados en la Infancia (DACA, por sus siglas en inglés)

Por Monseñor José H. Gomez

Arzobispo de Los Ángeles

5 de septiembre de 2017

Estoy profundamente decepcionado por la decisión del Presidente Trump de ponerle fin al Programa de Acción Diferida para los Llegados en la Infancia (DACA).

Estoy hablando como pastor, no como político. No puedo abordar las cuestiones constitucionales o políticas planteadas por este programa. Pero como pastor creo que necesitamos entender con claridad lo que esta decisión implica. Hoy nuestro país está anunciando su intención de deportar a más de 800,000 jóvenes. Esta es una tragedia nacional y un reto moral para toda conciencia.

Los estadounidenses somos un pueblo compasivo. No creo que esta decisión represente lo mejor de nuestro espíritu nacional o el consenso del pueblo estadounidense. Esta decisión refleja solamente la polarización del momento político que estamos atravesando.

Los estadounidenses nunca han sido un pueblo que castigue a los hijos por los errores de sus padres. Tengo la esperanza de que no empecemos a hacerlo ahora.

No es correcto responsabilizar a estos jóvenes por decisiones que ellos no tomaron y que no pudieron hacer. Ellos vinieron a este país sin tener ninguna culpa por ello. Fueron traídos aquí por sus padres indocumentados o por otros miembros de la familia cuando eran niños pequeños.

Estados Unidos es su hogar, es el único país que han conocido. La mayoría de ellos están trabajando arduamente para contribuir al sueño estadounidense: asumen trabajos, estudian en la universidad, y algunos incluso sirven en las fuerzas armadas de nuestra nación.

Si los deportamos, en muchos casos los estaríamos enviando a países que no han visto desde que eran infantes o niños pequeños.

El Presidente Trump tiene razón al decir que las políticas de inmigración deben ser elaboradas por el Congreso, y no por una orden ejecutiva presidencial. Desafortunadamente, su acción de hoy puede complicar la búsqueda de una solución legislativa.

Hemos de recordar que el entonces presidente Obama estableció el programa DACA en 2012 porque los miembros del Congreso no podían ir más allá de sus propios intereses partidistas para unirse y arreglar el defectuoso sistema de inmigración de nuestra nación.

Es tiempo de que el Congreso actúe con premura. Si vamos a restaurar el estado de derecho en este país, entonces aquellos que elaboran las leyes deben asumir la responsabilidad de hacerlo. No deberíamos permitir que haya otra sesión más del Congreso en la que siga sin abordarse el sistema de inmigración defectuoso de nuestra nación.

La situación es grave aquí en Los Ángeles. Aquí tienen su hogar más de un millón de personas indocumentadas, muchas de las cuales han estado viviendo y trabajando aquí durante varias décadas. En todo el país, 790,000 jóvenes han recibido exenciones de deportación y permisos de trabajo a través de DACA. De ésos, 223,000 viven aquí en California, más que en cualquier otro estado.

Para la Iglesia Católica, de aquí, de Los Ángeles y también a todo lo ancho de la nación, ellos son parte de nuestro pueblo, de nuestra familia. Son nuestros hermanos y hermanas; nuestros compañeros de clase y nuestros compañeros de trabajo. Oramos juntos y celebramos juntos nuestro culto. Seguiremos manteniéndonos juntos como una familia, y la Iglesia continuará defendiendo sus derechos y su dignidad de hijos de Dios.

Hoy elevo mis oraciones y exhorto a nuestros líderes en Washington a que dejen de lado sus diferencias partidistas y a que se unan para aprobar una legislación que simplemente codifique el programa DACA ya existente.

Al hacer esto se suprimiría de forma permanente la amenaza de deportación que ahora se cierne sobre las cabezas de más de 1 millón de jóvenes que ejercen con laboriosidad su trabajo. Esto les permitiría trabajar y sería una fuente de tranquilidad y de estabilidad para nuestras comunidades.

Esta es una propuesta de sentido común y no debería ser origen de polémicas.

Los líderes del Congreso tanto de la Cámara como del Senado, han expresado su simpatía por estos jóvenes y han expresado su deseo de que el Congreso proporcione una solución legislativa permanente a este problema. Existe un apoyo público amplio y abrumador para DACA, y no sólo entre los estadounidenses comunes, sino también entre los líderes corporativos, cívicos y religiosos. No debería haber ninguna razón para no promulgar un simple proyecto de ley que haría de DACA la ley imperante.

Estoy orando para que el Congreso reaccione y ayude a estos jóvenes. Y hago oración para que el encontrar una solución a DACA marque el comienzo de un nuevo trabajo para buscar soluciones de reforma migratoria en todas las áreas: la de asegurar y proteger nuestras fronteras; la de modernizar nuestro sistema de visas para que podamos acoger a los recién llegados que tengan las habilidades que nuestro país necesita para crecer; y la de proporcionar una solución compasiva para aquellos que son indocumentados y ahora están viviendo actualmente en las sombras de nuestra sociedad.